O cambiamos o nos cambian. Por María Elvira Bonilla

Hace casi 25 años escuché por primera vez en boca de un congresista pronunciar esta frase: “O cambiamos o nos cambian”. Fue Fabio Valencia Cossio, el jefe político conservador de Antioquia y por entonces el mayor elector de Colombia, quien la dijo como remate de su discurso como presidente del senado para posesionar a Andrés Pastrana, en 1998, a finales del siglo pasado. Y resultó premonitoria.

Pasaron 25 años y los políticos en vez de entender, de sintonizarse con las urgencias de la sociedad, se encapsularon cada vez en el festín de sus intereses y sus prebendas; abusaron de sus maquinarias para relegirse ad infinitum y así mantenerse en el poder en beneficio propio; se descararon con la corrupción, con los contratos amañados, con los excesos de privilegios de todo orden, con la mala costumbre de legislar de espaldas a los intereses de la gente, mientras disfrutaban de gabelas excesivas y contrastantes, de escoltas y carros blindados, de gasolina y celulares, de pasajes aéreos y largas vacaciones y viáticos aún en tiempos de virtualidad. No cambiaron, al contrario: abusaron.

Y esto por el lado del legislativo, pero ni que decir de la Casa de Nariño con su corte de funcionarios; y de las estructuras de poder local, gobernaciones y alcaldías donde empieza la pirámide de la corrupción; funcionarios que han hecho del servicio público una forma de vida entregados a cohonestar maniobras al servicio de los intereses de particulares del sector privado, que terminan enriquecidos a punta de coimas y comisiones.

Una clase política que antes que depurarse se ha degradado generando aquello que describe Michael Sandel, el catedrático de Harvard: “Hoy en las democracias se presenta una gran frustración e insatisfacción de los ciudadanos con la política. El discurso político perdió su significado moral olvidó la importancia que para la política tienen los debates éticos sobre la justicia, el bien común y las obligaciones recíprocas de los ciudadanos entre sí”.

Prácticas perversas que se desbocaron hasta generalizarse como comportamiento habitual y que sumadas al deterioro social produjeron un resultado electoral con un único mensaje, ¡Basta ya!, que colocó a Gustavo Petro y Rodolfo Hernández en la competencia por la presidencia. Ambos de distinta manera expresan la urgencia de cambio que piden a gritos los colombianos.

El establecimiento político no cambió y lo cachetearon con el voto -de allí la derrota a Fico Gutiérrez-, demostrando que no se gana solo maquinarias y plata. Los electores finalmente pasaron la cuenta de cobro hasta sepultar a los jefes César Gaviria, Álvaro Uribe, Andrés Pastrana hasta volver su apoyo vergonzante. Por primera vez en 200 años a la Casa de Nariño llegará un Presidente sin origen en los partidos tradicionales y estará ahí una mujer afro: Francia Márquez reafirmada en su cultura o Marlene Castillo, menos radical en su vocería.

Gane quien gane, lo del próximo domingo es inédito. Y los políticos, con el congreso a la cabeza, quedaron notificados, forzados a salir de su burbuja de privilegios y zona de confort. Gane quien gane habrán cambios, hasta en las ceremonias del poder. En decisiones pero también en la manera de tramitarlas donde la voz popular, la llamada democracia directa tendrá un lugar especial.

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