Votar en conciencia

Cuando por primera vez ejercí mi derecho al voto, se me instruyó para que lo hiciera siguiendo mis convicciones y me informara lo mejor posible de las propuestas que defendían los partidos que luchaban por el favor de la ciudadanía. Al mismo tiempo, como siempre, la publicidad política, el proselitismo y el fervor de las campañas se esmeraban por mover emociones y fanatismos muy lejanos al ejercicio de la razón.

Por esa época solo había dos partidos y por gracia del Frente Nacional la cuestión se reducía a elegir un presidente que les servía a ambos, sin distinciones ideológicas ni programáticas. Se sabía que estos cuatro años eran de los unos y los siguientes de los otros, y que se repartían el Gobierno como compadres.

Tal vez haya sido la manera de reducir la violencia política entre liberales y conservadores, pero dejó por fuera a todos los demás. Desde el punto de vista electoral facilitó decidir el voto. Recuerdo a un amigo costarricense que trabajaba en sus vacaciones en una heladería en Miami. Era tan fastidiosa la indecisión de los niños tratando de decidir entre doce o catorce sabores de helado para combinar los dos de su cono que él resolvió que de 8 a 9 solo vendía vainilla y chocolate; de 9 a 10, pistacho y fresa, y así sucesivamente. Además de facilitar él su tarea, sostenía que les había quitado de encima una gran carga de ansiedad a los pequeños.

De un tiempo para acá solo tenemos fresa con pistacho y se nos quedan por fuera sabores con los que podamos tener mayor afinidad, coincidencia sobre temas estratégicos o, simplemente, confianza en personas que han dado muestras de sensatez. Para este domingo todavía podremos votar en conciencia porque, al fin y al cabo, hay por lo menos seis opciones, pero todo parece indicar que en segunda vuelta habrá nuevamente fresa con pistacho, así cualquiera de los dos productos nos resulte indigesto.

Cada vez nos comportamos de manera más tribal y menos racional en un momento en el que se deben abordar desafíos enormes en materia económica y social.

El problema es que cuando los partidos políticos no existen como organizaciones basadas en ideas, valores y propuestas de largo plazo, cualquier candidato resulta peligroso, pues, tal como lo hemos visto en esta campaña, son capaces de decir cualquier cosa, firmar en notarías, jurar ante la tumba de sus ancestros o bailar en cuatro patas con tal de conseguir unos votos de más. Cuando hay partidos políticos organizados también se puede saber quiénes hacen parte de ellos, y eso da a los ciudadanos una idea de cómo se compondrán los equipos de gobierno.

Pero lo que se ve ahora es un revoltillo de gente que viene de todas partes y se encuentra después de su trashumancia por otras dos, tres, cuatro militancias dispares.
Como adolescentes que no logran saber lo que quieren de la vida. Partidos resucitados para rendir culto a los muertos, candidatos que han estado estorbando para pagar promesas o sacarse clavos viejos, retahílas repetidas ad nauseam para justificar desequilibrios mentales…

Esto sin contar con los nuevos medios de hacer violencia, descalificar, calumniar, amén de usar un lenguaje soez que parece entusiasmar a las barras. Cada vez nos comportamos de manera más tribal y menos racional en un momento en el que se deben abordar desafíos enormes en materia económica y social. Es evidente que se requieren cambios profundos porque lo que se ha hecho durante veinte años a base de pistacho con fresa es desastroso. Este gobierno que termina difícilmente podría haber sido peor: y es que mucha gente se vio obligada a elegirlo, sin saber que el equipo de gobierno sería un combo de amigos de juventud, porque dijeron que el otro sabor era veneno. Ya habrá tiempo para comprobarlo.

Lo cierto es que votar en conciencia, hoy por hoy, no es fácil sin saber quiénes serán los amiguetes encargados de gobernar con cualquiera que gane. Lo que sí es seguro es que mantener una democracia en el mundo de hoy es bastante más difícil de lo que propusieron los griegos unos siglos antes de Cristo.

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