Rigor Pétreo Por Daniell Coronell

A Gustavo Petro le cuesta trabajo cambiar de estrategia cuando cambian las circunstancias. Una semana después de las elecciones que decidieron que su contendor en segunda vuelta sea el exalcalde de Bucaramanga Rodolfo Hernández, Petro no ha podido interpretar la nueva realidad y recomponerse. Quisiera adaptar los hechos a su estrategia, y no al revés. Como si necesitara tener de contendor a Fico para que volviera a funcionar el plan.

Desde luego no la tiene fácil. Un movimiento cómico de la política lo despojó del papel que había tenido por años y en el que había crecido exitosamente. Petro que fue el novedoso, el retador del establecimiento, el marginal; ahora, de un momento a otro, por cuenta del resultado del domingo pasado, quedó convertido en un político convencional que enfrenta a un candidato exótico y divertido que le llega a mucha gente con frases simples y efectistas. 

Hernández tiene el viento de cola de la sorpresa. Su ascenso vertiginoso lo volvió el ganador aunque sea segundo. Cuando la popularidad empieza a subir, crea un efecto teflón que hace que los ciudadanos no vean –o peor aún, no quieran ver– las informaciones que afectan al amado líder. De ese teflón gozó por largo tiempo Álvaro Uribe, a quien numerosos escándalos de corrupción y crímenes (falsos positivos, zona franca, yidispolítica, chuzadas, AIS, etc.) le pasaron por encima sin romperlo, ni mancharlo.
En menor medida, y recientemente, Petro ha disfrutado del teflón. Ha sido prácticamente nulo el costo que ha pagado por las andanzas de Piedad Córdoba, a quien tercamente incluyó en la lista al Senado del Pacto Histórico; o por la imprudente visita de su hermano a políticos presos en La Picota unas semanas antes de las elecciones. 
La viabilidad electoral provoca cierta inmunidad política. Ahora el turno es para Hernández.

Aunque buena parte de las pruebas de su participación en una operación corrupta están a la vista, nada grave le va a pasar electoralmente. La Fiscalía y la Procuraduría tienen evidencias de que Rodolfo Hernández, siendo alcalde de Bucaramanga, presuntamente violó la ley para ordenar la contratación de un consultor que –ahora se sabe– tenía el encargo de diseñar una licitación a la medida de unos proponentes específicos. Como si fuera poco, su hijo Luis Carlos Hernández recibiría una jugosa comisión y un porcentaje de las utilidades de los licitantes favorecidos por la administración de su papá.

El consultor a quien, según un testigo, Hernández se refería como “el calavera” se alojaba en la residencia del alcalde. Desayunaba con él, con su hijo Luis Carlos de quien era socio de mordida y con la potencial primera dama Socorro Oliveros quien, de acuerdo con el mismo testimonio, hacía parte del plan.

Lo más seguro es que ese raro hechizo que vuelve invisibles las conductas cuestionables –o francamente ilícitas de los políticos populares– siga cubriendo a Hernández hasta después de las elecciones. El silencio le funciona mejor que cualquier aclaración.

Mientras tanto Petro parece haber perdido la iniciativa. No hay una idea nueva, una propuesta para persuadir un indeciso. No se ve la flexibilidad que debería tener para rediseñar su estrategia ante los nuevos acontecimientos. 

Por un lado Petro se está comiendo su propio calentado. Los aliados naturales de segunda vuelta no llegaron mayoritariamente porque se pasó cuatro años golpeando o aplaudiendo que los golpearan moralmente como si no hubiera un mañana. Como si nunca pudiera necesitar el apoyo de esos odiados “tibios” o de quienes se atrevieron a votar en blanco cuando las alternativas eran Iván Duque y él. 

En vísperas de estas elecciones cuando ya era claro que podría necesitar lo poco que quedó del centro, en lugar de tender puentes con ellos decidió reunirse con sus barras bravas de redes sociales, los mismos verdugos de los tibios, y tomarse fotos.  Se gastó unos días críticos en la estéril labor de convencer a unos gamberros convencidos y no buscó, en cambio, una aproximación al sector en el que podía crecer esos puntos que hoy le están haciendo falta. Como si pensara que es capaz de ganar solamente con los suyos.

Y no hablo solamente de Sergio Fajardo, pobre alma en pena a la que ya ni el ingeniero le quiere recibir los escombros. Me refiero a sus votantes, y a los abstencionistas, así como a muchos que votaron por Hernández sin mayor convicción, solo como una expresión de inconformidad o quizás simplemente porque olieron que era posible sacar al uribismo desde el primer tiempo.

Un Petro tieso, sin la cintura política que necesita, se ha quedado esperando que lo busquen en lugar de rearmarse para la segunda vuelta. Por ejemplo, antes de llevar a cabo su reunión con el Nuevo Liberalismo, los dejó plantados esperando cuatro horas. Jamás llegó, ni dio explicaciones. Quizás descuido, quizás arrogancia, quizás malas maneras. Lo definitivo es que si los Galán se llegan a ir con Rodolfo Hernández, el contendor de Petro podría quedar lavado en el agua lustral del apellido, a pesar de todo lo que se sabe. En política lo cualitativo puede llegar a pesar más que lo cuantitativo.

Tiene casi todo en contra y no reacciona. A Gustavo Petro le quedan días, quizás horas, antes de que el rigor pétreo se convierta en rigor mortis.


PS: La Corte Constitucional estudiará esta semana una tutela de la Fundación Vida Amor que pide amparar a un grupo de niños maltratados para que conserven un lugar de recreación, aprendizaje y terapia que puede ser cruzado por un tendido de alta tensión del Grupo de Energía de Bogotá (GEB). 

Quizás el tendido se pueda mover unos metros y así los pequeños puedan gozar de la misma protección que la honorable Corte le reconoce a los peces.

El asunto es que la presidenta de la Corte, Cristina Pardo, se declaró impedida porque su hija trabaja en el GEB. Otra magistrada, Diana Fajardo, es cuñada del respetado exministro Carlos Medellín, apoderado del omnipotente GEB.

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